En algún momento del siglo XX a. C., una pequeña y modesta tribu de pastores semitas abandonó su antiguo hogar —situado en la tierra de Ur, en la desembocadura del Éufrates— e intentó encontrar nuevos pastos dentro de los dominios de los reyes de Babilonia. Tras ser expulsados por los soldados reales, se dirigieron hacia el oeste en busca de un pequeño territorio desocupado donde instalar sus tiendas.
Esta tribu de pastores era conocida como los hebreos o, como los llamamos nosotros, los judíos. Vagaron por tierras lejanas y, tras muchos años de penosas peregrinaciones, hallaron refugio en Egipto. Vivieron entre los egipcios durante más de cinco siglos; cuando su país de adopción fue invadido por los hicsos —como ya relaté en la historia de Egipto—, lograron hacerse útiles para los invasores extranjeros y conservaron la posesión tranquila de sus tierras de pastoreo. Sin embargo, tras una larga guerra de independencia, los egipcios expulsaron a los hicsos del valle del Nilo; entonces los judíos vivieron tiempos aciagos, pues fueron reducidos a la condición de simples esclavos y obligados a trabajar en los caminos reales y en la construcción de las pirámides. Dado que las fronteras estaban vigiladas por soldados egipcios, les resultó imposible escapar.
Tras muchos años de sufrimiento, un joven judío llamado Moisés los libró de su mísero destino. Moisés había vivido largo tiempo en el desierto, donde aprendió a valorar las virtudes sencillas de sus antepasados más remotos, quienes se habían mantenido alejados de las ciudades y de la vida urbana, negándose a dejarse corromper por la comodidad y el lujo de una civilización extranjera.
Moisés decidió devolver a su pueblo el amor por las costumbres de los patriarcas. Logró eludir a las tropas egipcias enviadas en su persecución y condujo a los miembros de su tribu hasta el corazón de la llanura, a los pies del monte Sinaí. Durante su larga y solitaria vida en el desierto, había aprendido a venerar el poder del gran Dios del Trueno y la Tormenta, soberano de las alturas celestiales, de quien dependían los pastores para obtener vida, luz y aliento. Este Dios, una de las muchas divinidades ampliamente veneradas en Asia Occidental, se llamaba Jehová y, gracias a las enseñanzas de Moisés, se convirtió en el único Señor del pueblo hebreo.
Un día, Moisés desapareció del campamento de los judíos. Se decía en voz baja que había partido llevando consigo dos tablas de piedra toscamente labradas. Aquella tarde, la cima de la montaña dejó de ser visible; la oscuridad de una terrible tormenta la ocultó a la vista de los hombres. Pero cuando Moisés regresó, ¡he aquí que en las tablas estaban grabadas las palabras que Jehová había dirigido al pueblo de Israel en medio del estruendo de sus truenos y los cegadores destellos de sus rayos! Desde aquel momento, todos los judíos reconocieron a Jehová como el Supremo Señor de su destino y su único Dios verdadero, quien les había enseñado a llevar una vida santa al ordenarles seguir las sabias lecciones de sus Diez Mandamientos.
Siguieron a Moisés cuando este les indicó que continuaran su travesía por el desierto. Le obedecieron cuando les dijo qué comer y beber, y qué evitar, para mantenerse sanos en aquel clima caluroso.
Y finalmente, tras muchos años de errar, llegaron a una tierra que parecía agradable y próspera. Se llamaba Palestina —que significa el país de los «Pilistu» o filisteos—, una pequeña tribu de cretenses que se había asentado a lo largo de la costa tras haber sido expulsada de su propia isla.
Por desgracia, aquella tierra firme, Palestina, ya estaba habitada por otro pueblo semita: los cananeos. Sin embargo, los judíos se abrieron paso a la fuerza hacia los valles, fundaron ciudades y construyeron un imponente templo en una localidad a la que llamaron Jerusalén: el Hogar de la Paz.
En cuanto a Moisés, ya no era el líder de su pueblo. Se le había permitido contemplar desde lejos las montañas de Palestina antes de cerrar para siempre sus cansados ojos. Había trabajado con fidelidad y gran esfuerzo para complacer a Jehová; no solo había guiado a sus hermanos para sacarlos de la esclavitud en tierras extranjeras y llevarlos a una vida libre e independiente en un nuevo hogar, sino que también había convertido a los judíos en la primera nación que adoraba a un único Dios.