Los israelitas siguieron su camino y acamparon frente al monte Sinaí. Allí, Dios habló con Moisés y le indicó que recordara al pueblo las grandes cosas que había hecho por ellos; y que les dijera que, si le obedecían y guardaban su pacto, serían para Él un tesoro especial por encima de todos los pueblos, y una nación santa.
Cuando el pueblo escuchó el mensaje de Dios, respondió: «Haremos todo lo que el Señor ha dicho». ¡Qué felices habrían sido si siempre hubieran cumplido esta promesa! Pero, ¡ay!, no lo hicieron, y como consecuencia sufrieron grandes castigos.
Dios también dijo que al tercer día descendería sobre el monte Sinaí, y ordenó al pueblo que se preparara para aquel acontecimiento grande y solemne. Nadie debía acercarse al monte, pues si lo hacían, morirían. Al tercer día, tal como se había ordenado, el pueblo se reunió frente al monte Sinaí. Una densa nube cubría la montaña, que humeaba y temblaba; hubo truenos y relámpagos, y sonó una trompeta con gran fuerza, haciendo que todo el pueblo temblara. Entonces Dios habló desde en medio del fuego y dio al pueblo los Diez Mandamientos. Estos se encuentran en el capítulo veinte del libro del Éxodo; y los niños de vista aguda pueden leerlos en nuestra ilustración.
Se nos dice que «todo el pueblo veía los truenos y los relámpagos, el sonido de la trompeta y el monte que humeaba»; y al verlo, sintieron tanto temor que se mantuvieron a distancia. ¡Cuán santa es la ley de Dios y con cuánto cuidado debemos obedecerla!